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martes, 7 de abril de 2020

Las Escaleras Cósmicas (Salvador Freixedo)


El hombre y el cosmos

El Cosmos es muchísimo más complejo de lo que a primera vista se nos muestra. Y aunque parezca una paradoja, muchos de los que se llaman a sí mismos científicos, son los que menos se percatan de esta gran verdad, pues tienen la mente demasiado tecnificada y creen que sólo lo que ellos pueden comprobar con sus aparatos o con sus cálculos, es lo que es «real» o posible. Pero no es así. Del Cosmos apenas si conocemos una infinitésima parte, debido fundamentalmente a que el instrumento con el que contamos para conocerlo —nuestro cerebro— a pesar de ser un formidable instrumento en relación con su tamaño, es en fin de cuentas muy limitado, sobre todo comparado con la vastedad y la complejidad del Cosmos.

Los hombres, infantilmente y ayudados o engañados en esto por las religiones —por los dioses—, pensamos que somos el centro del Universo. Así nos lo han hecho creer y así lo hemos venido repitiendo por los siglos. «Todas las criaturas fueron hechas para el hombre» leemos en la Biblia. Pero esto es solamente una falsedad más, para tener tranquilas nuestras mentes.

El hombre es sólo otro de los infinitos seres inteligentes, semi-inteligentes y carentes de inteligencia, que pueblan el inconmensurable Universo. Nuestra infantilidad al enfrentarnos y al enjuiciar las otras realidades del Cosmos es patente y además lastimosa. Somos unos auténticos niños en cuanto nos ponemos a enjuiciar las cosas que no podemos percibir clara y directamente por nuestros sentidos. Hablamos de nuestra realidad como si fuese la única realidad existente; dividimos los seres en inteligentes y no inteligentes juzgando únicamente de acuerdo a las coordenadas de nuestras mentes y a los mecanismos que nuestros cerebros tienen para aprehender lo que nosotros llamamos «la realidad»; y hasta nos atrevemos a dictaminar que algo no existe o no puede existir porque «repugna» a nuestros engramas cerebrales. Somos unos perfectos niños pueblerinos aseverando muy seriamente que «la fuente de nuestro pueblo es la fuente más grande del mundo»; sencillamente porque echa mucha agua.

Sólo en relación con el término «inteligente» podríamos llenar muchas páginas analizando nuestra infantilidad y superficialidad al aplicar este término. Decimos que los animales no son inteligentes y sin embargo, debido a procesos cerebrales, muchos de ellos son capaces de hacer cosas que los hombres no somos capaces de hacer. No sólo eso sino que existen muchas colonias de animales que —debido siempre a procesos cerebrales— logran unirse, organizar su trabajo y vivir, mucho más armónica y «civilizadamente» de lo que lo hacemos los hombres.

Y no es que los hombres pensemos que esta manera gregaria de vivir ya ha sido superada por nosotros; la verdad es que los hombres quisiéramos poder lograr el orden y la armonía que las termitas tienen en sus colonias, pero no somos capaces de lograrlo y a lo más que llegamos es a organizarnos «democráticamente» a través de eso que se llama partidos políticos, en donde muchos buscones acomplejados hacen su caldo gordo jugando con el bienestar de millones de conciudadanos y dándonos como resultado final estas tambaleantes sociedades de hormigas locas amontonadas y robotizadas. (Y no digamos nada de los regímenes totalitarios, fruto de la mente primitiva de algún militar o de la paranoia comunista).

Al entrar a enjuiciar el Cosmos, tenemos que ser mucho más prudentes de lo que somos al juzgar las cosas que nos rodean, de las que más o menos tenemos datos precisos y muchísimo más inmediatos de los que tenemos acerca de las enormes realidades del Universo. Los hombres, en cuanto dejamos de ver, de oír y de palpar, entramos ya en el mundo de sombras del que nos habla Platón en sus diálogos. Y ni siquiera podemos estar muy seguros de los datos que los sentidos nos proporcionan, ni de la manera cómo éstos son computados por nuestro cerebro. Nuestra inteligencia abstracta tiene que corregir en muchísimas ocasiones a nuestras sensaciones, aunque en la práctica sigamos comportándonos como si éstas fuesen verdaderas. Cuando pasamos las yemas de los dedos, por ejemplo, por un cristal o por una mesa de mármol, nuestros sentidos nos dicen que aquella es una superficie completamente tersa; y sin embargo nuestra inteligencia sabe perfectamente que aquella superficie, analizada al microscopio, de ninguna manera es tersa sino que es, más bien, como una esponja, en la que abundan muchísimo más los huecos que los espacios macizos. Y no digamos nada, si la contemplamos con ojos electrónicos, porque entonces cambia todo el panorama y todo se convierte en huecos hasta caer en las simas o vacíos intraatómicos en los que desaparece totalmente lo que llamábamos «materia sólida».

Las grandes realidades del Universo y las leyes que las rigen, escapan en gran manera a la comprensión de nuestro cerebro, por más que a veces algunas de estas realidades las tengamos constantemente a la vista y hasta sepamos utilizarlas en nuestras vidas diarias; pero desconocemos casi completamente su esencia. Tenemos como ejemplo la luz y la gravedad, dos realidades omnipresentes en nuestras vidas, que por otra parte son dos misterios que la ciencia apenas si ha comenzado a desentrañar.

Y si no es cierto que «todas las criaturas han sido hechas para el hombre», es aún menos cierto que nosotros seamos el centro del Universo. Las matemáticas, con un elemental cálculo de probabilidad, están contra este aserto, y si por alguna razón desconocida, fuese cierto, la sabiduría de Dios quedaría muy mal parada, ya que este planeta nuestro, junto con sus habitantes, no es precisamente un modelo de perfección.

El Universo es como una infinita escalera que asciende de seres menos perfectos a seres más perfectos; y el hombre habitante de este planeta no es más que uno de los innumerables peldaños de esa escalera. Los miles de especies de plantas y los cientos de miles de especies de animales no son sino otros peldaños de esa mismas escalera. Una inmensa escalera cuya base está formada por eso que medio despectivamente llamamos materia, y cuya cima está formada por lo que, sin comprenderlo bien, llamamos «el reino: del espíritu». Y todavía por encima de ese reino del espíritu, sin pertenecer a nada ni ser abarcado por nada, ni ser entendido por nada ni por nadie, estaría eso que los hombres infantilmente llamamos «Dios».

Por haberlo ya tratado en mi libro Por qué agoniza el cristianismo, dejo aquí de lado el gran error que comete la humanidad cuando se enfrenta con el problema de Dios y no sólo lo humaniza y hasta lo mata, sino que comete la audacia de definirlo, explicarlo y diseccionarlo. El Dios del cristianismo es una cosa más; una cosa inteligente, grande y poderosa, pero una cosa más. El pecado fundamental de la teología cristiana es el haber «cosificado» a Dios.

Dios no es ni puede ser nada de eso. Dios es algo diferente de todo lo que la mente humana pueda concebir o imaginar. Dios es para la mente humana lo que la teoría de la relatividad es para un mosquito. Si no fuese así y la esencia de Dios fuese comprensible por la mente humana, Dios no valdría gran cosa.

Diferentes peldaños y escaleras

Pero dejémonos de hablar del «Incomprensible» y del único que en realidad «ES», y fijémonos en algunos de los peldaños de esa infinita escalera que constituye el Universo.

Como acabamos de decir, el hombre no es más que uno de los infinitos peldaños de esa escalera, y de ninguna manera es el más alto o el centro del Universo, por mucho que se empeñe en pensar que «el Hijo de Dios se ha encarnado en nuestro planeta y se ha hecho como uno de nosotros».

Pero al hablar de una escalera estamos dando pie a que el lector se haga una idea falsa. Porque en realidad no se trata de una única escalera sino de muchas escaleras. El hombre es un peldaño de una de esas escaleras y los dioses son un peldaño superior que muy probablemente pertenece a otra escalera diferente. Es decir, que los hombres, por mucho que evolucionen (o por mucho que reencarnen en éste o en otros planetas, según las creencias de muchos) nunca llegarán a ser dioses de la misma especie que éstos a los que nos estamos refiriendo. Llegarán si a ser unos seres superevolucionados y espiritualizados, posiblemente superiores en cualidades y en sabiduría a los dioses, pero no precisamente unos seres como éstos que en la actualidad y todo a lo largo de la historia vemos interfiriendo en la vida de los seres humanos.

Poniéndolo en una comparación más inteligible, un cabo de la Guardia Civil, por mucho que ascienda, nunca llegará a ser general del Ejército del Aire, porque son dos cuerpos diferentes aunque en los dos haya escalafones y aunque los dos pertenezcan a las fuerzas armadas del Estado.

Naturalmente al hablar así no podemos presentar pruebas de las que les gustan a los científicos y ni siquiera podemos apoyarnos en textos incuestionables (de la misma manera que tampoco nos harán mella los «textos sagrados» que se nos presenten en contra). Hablamos así por pura deducción lógica ante hechos que no podemos negar; hechos que por otra parte son desconocidos por la mayoría de los humanos debido a sus prejuicios y a la tenacidad con que han sido ocultados por la religión y por la ciencia. Y hablamos así, porque así han hablado también muchos grandes pensadores de la antigüedad y contemporáneos, cuyas voces en su mayor parte han sido silenciadas o ridiculizadas por los intereses creados de los poderes constituidos.

En cuanto a los otros peldaños que componen la escalera en la que está colocado el hombre, si reflexionamos un poco sobre la naturaleza y sus diversos reinos (mineral, vegetal, animal, humano, orgánico, inorgánico, etc.) veremos que entre ellos hay una gradación nada abrupta, de modo que nos encontramos con muchas criaturas que dan la impresión de pertenecer a dos reinos o de ser una especie de puente entre ellos. Tal sucede por ejemplo con los aminoácidos, ciertos hongos, los corales, las proteínas, etc.

Y bastará asimismo que analicemos la composición física del cuerpo humano, que no es sino un compendio de todo lo que compone la naturaleza; desde los elementos simples que estudian la física y la química, hasta las profundidades psicológicas que investiga la psicología o las alturas místicas de que nos hablan las religiones.

Aunque a algún lector le pueda parecer extraño, hay muchas escuelas de pensamiento —algunas de ellas anteriores al cristianismo— que sostienen que el alma de los animales, tras mil evoluciones, llega a convertirse en el alma de un ser racional. Y en un nivel inferior, podemos ver cómo los minerales son absorbidos por los vegetales y cómo a su vez éstos son absorbidos por los animales, formando todos ellos, junto con el hombre una escala ininterrumpida de vida atómica, molecular, celular, psíquica y espiritual.

Cuál puede ser el próximo peldaño para el hombre tras su vida en este planeta, no podemos decirlo con seguridad. Los defensores de la reencarnación nos aseguran que volveremos a aparecer en la Tierra en épocas futuras y en otras circunstancias; y los que no aceptan estas doctrinas nos dicen que nuestra alma, despojada del cuerpo, pasa a un estado ulterior en el que gozará y padecerá las consecuencias de sus actos en esta vida. Sea lo que sea, casi toda la humanidad está segura de que a la hora de la muerte, lo único que se interrumpe es la vida protoplásmica, pero la esencia de nuestro ser —nuestro espíritu inteligente— pasa a otro nivel de existencia o a otra dimensión en la que seguiremos viviendo de una manera más consciente.

Seres extrahumanos

Pero volvamos a lo que nos interesa especialmente en este capítulo, que es la descripción de las cualidades de estos seres a los que llamamos «los dioses». Si apenas podemos saber nada de los otros peldaños que constituyen la escalera cósmica a la que nosotros pertenecemos, menos podemos saber aún de los peldaños de aquélla a la que pertenecen los dioses.

Sin embargo, algo podemos columbrar si mantenemos abierta nuestra inteligencia y no nos dejamos convencer por lo que nos dicen las enseñanzas dogmáticas de la ciencia o de la religión. Y aquí entraremos, aunque sólo sea de pasada, en un terreno que si bien para algunos resultará totalmente irreal, para una mente despierta y que analice profundamente los hechos, resultará, por el contrario, tremendamente interesante y clave para entender muchas cosas ignoradas del Universo.

Nos referimos a la existencia de otras criaturas no humanas, inferiores en rango y en poderes a los dioses de los que venimos hablando. Nos referimos a la existencia de «elementales» duendes, gnomos, elfos, «espíritus» y toda suerte de entidades legendarias que tanto hace sonreír a los científicos y que tanto incomoda a los religiosos: a los primeros, porque tales entidades no quieren someterse a sus pruebas de laboratorio y actúan de una manera completamente independiente de las leyes que ellos han estatuido para la naturaleza (!), y a los segundos porque les rompe todo su tinglado dogmático, dejando un poco en paños menores algunas de sus creencias fundamentales.

(No incluimos entre estos seres a las clásicas hadas, porque ésta ha sido en muchísimas ocasiones, la apariencia que los dioses han adoptado para manifestarse. Los miles de «apariciones marianas» —sin excepción— no han sido otra cosa que manifestaciones de hadas, pero en un contexto cristiano).

Lo cierto es que, gústenos o no, la humanidad ha creído siempre —y sigue creyendo— que existen ciertos seres misteriosos, con un cierto grado de inteligencia y con muy diversas apariencias y actuaciones, que en determinadas circunstancias se manifiestan a los hombres. Una prueba circunstancial de la existencia (aunque sólo sea temporal) de estas misteriosas entidades, es el indiscutible hecho de que en todas las razas, en todas las culturas, en todas las épocas, en el seno de todas las religiones y en todos los continentes, los hombres han acuñado siempre una variadísima cantidad de nombres para designar las diversas clases de entidades con las que sus asombrados ojos se encontraban en las espesuras de los bosques, en las revueltas de los caminos, en lo alto de algún arbusto, junto a una fuente, en medio del mar o invadiendo la intimidad de sus hogares.

Muchos idiomas de tribus primitivas carecen casi por completo de nombres y verbos abstractos, pero sin excepción, son ricos en términos para designar a los diversos tipos de estas entidades con las que tienen más facilidad de encontrarse debido al primitivo sistema de vida y a los apartados lugares en los que ordinario habitan. Es sumamente extraño que todos los pueble por igual tengan tantas maneras de designar algo que no existe. Estas entidades procedentes de otras dimensiones o planos de existencia pertenecen también a otras escalas cósmicas diferentes de la humana; es decir su evolución y ascensión hacia mayores grados de inteligencia se hace por caminos diferentes, aunque en cierta manera paralelos a los de los hombres. Y ésta es posiblemente la razón de por qué en algunas ocasiones hay una cierta tangencia de sus vidas con nuestro mundo y de las nuestras con el suyo. Los recuentos y las visiones de Mme. Blavatski pueden muy bien ser —entre muchísimas otras— un ejemplo de esto último. Podríamos llenar muchas páginas acerca de la existencia de estos misteriosos seres, pero esto nos llevaría muy lejos. Únicamente queremos dejar en la mente del lector la idea de que todo este tema es mucho más profundo de lo que la gente piensa, y por supuesto, mucho más real de lo que la ciencia cree.

Tengo en mi poder grabaciones hechas por mí mismo en el sureste de la República Mexicana —en donde abundan enormemente este tipo de entidades a las que allí se les suele llamar «chaneques» y «aluches»— en las que tímidas niñas campesinas me narran con toda ingenuidad, cómo podían ver todas las noches a seres de no más de un palmo de altura, divertirse enormemente en el pilón situado en la parte trasera del solar de su casa. Su gran diversión consistía en jugar y hacer ruido con la vajilla de la casa que allí estaba para ser lavada por una de las niñas. Las criaturas aparecían y desaparecían por la atarjea por donde se sumían las aguas del pilón.

Y tengo que confesarle al lector que en alguna ocasión mi vida estuvo en peligro debido a otras investigaciones y excursiones que hice en esta misma región, con la intención de observar de cerca a estos escurridizos personajes.

¿Superiores en sus valores morales?

Volvamos a nuestros dioses. Cuando en páginas anteriores decíamos que eran unos seres que estaban (dentro de su escala evolutiva) en peldaños superiores o más elevados que los que los hombres ocupamos en nuestra escala, no queríamos decir precisamente que sean absolutamente superiores en todo a nosotros. Indudablemente lo son en algunas manifestaciones de inteligencia y de fuerza o de poder; pero los valores en los seres vivos son muchos y muy diversos, aparte de que muy probablemente varían mucho de una escala cósmica a otra, habiendo valores que sólo existen o sólo son aplicables dentro de una determinada escala, siendo totalmente desconocidos y hasta absolutamente incomprensibles dentro de otras.

Para comprender esto mejor, podemos fijarnos en algo que tenemos constantemente delante de nosotros. Muchos de nuestros valores morales, a los que muy frecuentemente les atribuimos una absoluta universalidad, no la tienen, y de hecho nosotros mismos nos encargamos de no aplicarlos en nuestras relaciones con los animales. Esos valores o normas morales tienen sólo validez a nivel humano y no tenemos inconveniente alguno en prescindir de ellos en cuanto se trata de criaturas o seres que no están a nuestro mismo nivel. Cuando nace un becerro lo castramos, lo ponemos a tirar toda la vida de un arado y luego en premio lo matamos y nos lo comemos. Todas estas acciones serían horribles si se las hiciésemos a un ser humano; pero las vemos como algo completamente natural porque se trata de un animal.

El hecho de que «se trata de un animal» nos aquieta por completo en cuanto a algún remordimiento que pudiésemos tener. Y eso que se trata de un ser cuya vida es tan parecida a la nuestra, incluso en los «sentimientos» que la vaca madre demuestra tener hacia su recién nacido.

(Sin embargo, hay que notar que no todas las religiones son tan desaprensivas hacia la vida no humana como lo es la religión cristiana. En algunas de ellas —como por ejemplo en el jainismo de la India— el respeto hacia todo lo que vive es uno de los mandamientos fundamentales).

Si nosotros claramente no aplicamos algunos de nuestros principios morales y jurídicos a aquellos seres que no son de nuestro mismo rango humano, no tendremos que extrañarnos de que otros seres no humanos, y que por añadidura aparentan ser más fuertes y más avanzados que nosotros, no apliquen en su trato con nosotros ciertos principios que muy probablemente usan entre ellos.

Y no valdrá decir que entre nosotros y los animales hay una diferencia esencial que no existe entre estos seres «superiores» y nosotros; es decir los animales no pertenecen al mundo de los seres inteligentes mientras que nosotros sí. Ya dijimos antes que los animales, si no tienen una inteligencia igual que la nuestra, tienen, por su parte, algún tipo de inteligencia con la que en muchos casos hacen cosas que nosotros no podemos hacer, aunque lo intentemos. Y muy bien puede ser que en determinados casos sea mayor la diferencia que hay entre nuestra inteligencia y la de los dioses que entre la nuestra y la de los animales.

Y por otro lado, vemos que la fiereza y el valor con que una hembra animal defiende a sus crías, es en todo semejante a la que puede mostrar en determinados momentos una mujer, demostrándonos con ello que sus sentimientos hacia su prole se parecen muchísimo a los nuestros.

Y a pesar de ello no tenemos ningún inconveniente en separar a la cría de su madre, y aun matarla si nos conviene.

Todo esto ha sido traído a colación a propósito de nuestra afirmación en páginas anteriores, de que los dioses eran «superiores» a nosotros. Naturalmente el que conozca bien la manera de actuar de los dioses, se quedaría asombrado ante esta afirmación de su superioridad, ya que como veremos enseguida, los dioses, en muchísimas ocasiones —por no decir en todas— no se portan nada bien con nosotros y hasta se puede decir que cometen tremendas injusticias.

La palabra «superior», por lo tanto, no hay que entenderla de una manera absoluta sino de una manera relativa. Superiores en conocimientos, en poderes físicos y psicológicos, etc., pero no precisamente en bondad o en otros valores morales vigentes entre los hombres. Indudablemente ellos tienen también patrones y criterios de bondad y maldad, de belleza y fealdad, etc., pero no son precisamente iguales a los que rigen entre nosotros.

Y aparte de esto, seguramente que también entre ellos hay quienes se atienen a tales principios y quienes no se atienen y los violan, demostrándonos con esto que no son tan absolutamente «superiores» a nosotros como a primera vista pudiera parecer, y que fundamentalmente son, como nosotros, unas criaturas en evolución y consecuentemente muy lejos de haber logrado la absoluta perfección.

Resumen de sus cualidades

Antes de entrar en el tema de cuáles pueden ser estas leyes de la evolución que nos obligan tanto a los dioses como a los humanos, y que tanto ellos como nosotros podemos cumplir o violar, resumamos las cualidades y defectos más importantes de estas escurridizas criaturas que desde los más remotos tiempos dan la impresión de estar jugando al escondite con la humanidad:

             Son inteligentes, a juzgar por muchas de sus actuaciones; es decir, se dan cuenta del mundo que los rodea y reaccionan a él conforme a las diversas circunstancias. Sin embargo en muchas ocasiones no reaccionan como nosotros reaccionaríamos, diciéndonos con esto que su inteligencia debe ser en algún aspecto diferente a la nuestra. Nos damos cuenta de que la mera palabra «inteligencia» encierra en sí todo un mundo de aspectos, variantes y posibles explicaciones que hacen todavía más difícil el calibrar hasta qué punto la inteligencia de los dioses es parecida a la nuestra y hasta qué punto ellos son «inteligentes».

  Si hemos de juzgar por nuestros patrones, en muchas ocasiones la inteligencia de estos seres aparenta ser mucho más avanzada que la nuestra. Sin ir más lejos, los aparatos en que a veces se dejan ver, realizan unas maniobras y tienen unos sistemas de propulsión, que superan totalmente los que nuestra más avanzada técnica ha logrado.

  Conocen y usan mucho mejor que nosotros las leyes de la naturaleza; no sólo las que nosotros conocemos, sino otras que desconocemos, y por eso sus acciones a veces nos parecen milagros y en la antigüedad eran lógicamente atribuidas a «los dioses».

  Entre las leyes físicas que ellos conocen están algunas que los capacitan para hacerse visibles o invisibles a nuestros ojos y, más generalmente, perceptibles o imperceptibles a nuestros sentidos y aun a los aparatos con los que potenciamos nuestros sentidos.

  Son enormemente psíquicos, teniendo una gran facilidad para interferir en los procesos fisiológicos y eléctricos de nuestro cerebro, logrando de esta manera distorsionar a su voluntad nuestras ideas y sentimientos.

  No están aprisionados en la materia como nosotros o más específicamente, en una materia como la nuestra; en ellos lo psíquico y lo espiritual (que no hay que confundir con lo «moralmente bueno») tiene una gran primacía sobre lo material que también constituye su ser.

  Acerca de su origen es una infantilidad humana el ponerse a decir que «son de aquí» o «son de allá»; no son de ningún sitio y son de todas partes. Lo primero que tendríamos que hacer es una gran distinción entre ellos mismos, ya que entre ellos hay muchas más distinciones de las que podemos encontrar entre los humanos. Algunos parece ser que desarrollan sus actividades permanentemente en nuestro planeta y hasta que no salen nunca de él, considerando a éste como su planeta y considerándose como los principales habitantes de él, al igual que lo hacemos los hombres. (Con la gran diferencia de que ellos saben de nuestra existencia y nosotros no sabemos de la de ellos). Otros parece que tienen facilidad para moverse por el espacio exterior y no sería raro que desarrollasen también sus misteriosas actividades en otros planetas o lugares del Cosmos. Acerca de esto es muy difícil saber nada con certeza, aunque ya vamos estando seguros de que las informaciones que en este sentido han ellos mismo proporcionado en muchas ocasiones a diversos mortales, no son nada de fiar. Más adelante veremos por qué mienten o por qué no entendemos lo que nos dicen.

   Como apunté en el párrafo anterior, hay grandes diferencias entre ellos en todos los aspectos: en cuanto a su posible origen, en cuanto a sus poderes o capacidades, en cuanto a su «bondad» o «maldad» en relación a nosotros, etc., etc. Creo que podemos llegar a la conclusión de que, al igual que entre los hombres, hay entre ellos grandes enemistades y también grupos afines[3].

  Pero esta «bondad» o «maldad» y esta aparente enemistad o afecto que con frecuencia algunos de ellos demuestran hacia los hombres, es muy probablemente algo completamente relativo, pudiendo variar de acuerdo a muy diversas circunstancias. (Un ser humano puede también ser bueno con unas personas y malo con otras, y puede ser bueno con una persona por la mañana y ser malo con la misma persona por la tarde).

 Aparentemente hay entre «su mundo» y nuestro mundo, o dicho de otra manera, entre su dimensión y nuestra dimensión, o entre su nivel de existencia y el nuestro, ciertas diferencias y cierta barreras de tipo físico que aunque ellos logran salvar, sin embargo no les permiten estar en nuestro medio y desarrollar sus actividades con facilidad o con la naturalidad con que lo haría un ser humano, siendo esto también causa de que en muchas ocasiones su actuar sea extraño e incomprensible para nosotros.

  Una de estas barreras es nuestro tiempo, al que parece les es difícil acomodarse, y hasta comprender. En ocasiones cuando han tenido que acomodarse estrictamente a nuestro horario, su puntualidad o su conducta han sido completamente erráticas.

  No son inmortales (aunque los griegos y romanos gustaban de llamarles así) en el sentido que nosotros solemos darle a esta palabra. Juzgando por nuestros patrones de tiempo, parece que su permanencia en su nivel de existencia es mucho más extensa que la nuestra en esta etapa terráquea.

  Pero parece que llegado un momento, «mueren» o abandonan el estado de «dioses» por mucho que en él hayan permanecido. Esto es posiblemente debido a una ley general del cosmos de la que hablaremos más adelante.

  Algunos de ellos, tienen tendencia a escoger individuos humanos para protegerlos y ayudarlos de muy diversas maneras o también para ensañarse en ellos haciéndoles la vida imposible, no parando muchas veces hasta que los aniquilan. De la misma manera, grupos de ellos —comandados por un jefe— suelen escoger a grupos de humanos (tribus, razas, naciones) «protegiéndolos» de muchas maneras; aunque esa protección, como más adelante veremos, se nos haga muy sospechosa; porque más que protección se trata de un uso que ellos hacen del ser humano. A veces un mejor uso, conlleva una real protección o ayuda, mientras que en otras ocasiones sólo destruyendo o perjudicando al individuo o pueblo se puede conseguir lo que de él se quiere, y en ese caso no tienen inconveniente en hacerlo. Obran exactamente igual que nosotros con los animales: sea que los ayudemos o que los destruyamos, es siempre para usarlos en una u otra forma. (El que tiene un perro en su casa, no lo tiene primordialmente por amor al perro, sino por amor a sí mismo; porque le gusta a él o a alguien de su familia, tener un perro).

Hasta aquí algunas de las cualidades que echamos de ver en los dioses. Indudablemente su personalidad y su íntimo psiquismo tiene que tener muchos otros aspectos y profundidades que escapan por completo a nuestra mirada y que son totalmente ininteligibles por nuestra mente. Lo mismo que las profundidades del alma humana escapan por completo a la rudimentaria inteligencia de los animales, por más que éstos sean capaces en algunas circunstancias de comprender nuestros deseos y hasta de adivinarlos.

Leyes del Cosmos

Veamos ahora algunas de las leyes generales del Cosmos a las que tanto nosotros como los dioses —y por supuesto las criaturas inferiores a nosotros— estamos sometidos:

  Hay un perpetuo movimiento y cambio; nada en el Cosmos está quieto. En el pedrusco «muerto» y aparentemente inerte, todo está en movimiento; un movimiento vertiginoso de trillones de partículas con un orden pasmoso. Y lo mismo que el electrón se mueve incansable alrededor de su núcleo en la entraña de la piedra, y que las galaxias desmelenan en los abismos siderales sus espirales como ingentes cabelleras, las ideas y los «sentimientos» del reino del espíritu también cambian sin cesar, con un movimiento que no necesita espacio ni tiempo. En el Cosmos todo se renueva constantemente.

 Este movimiento, considerado en conjunto, tiene una tendencia ascendente, aunque no precisamente en un sentido geográfico o geométrico. Es una tendencia de lo que infantilmente llamamos material, hacia lo que, también infantilmente, llamamos espiritual; de lo menos inteligente hacia lo más inteligente; de lo pequeño, imperfecto y débil, a lo grande, perfecto y fuerte. Cuando el ser ha llegado en su evolución a la etapa consciente o inteligente, parece que esta ascensión tiene que ser voluntaria, y el no hacerla, supone algún retraso o acaso conlleve alguna clase de sanción.

  Este movimiento, no es siempre uniforme o de una ascensión constante, sino que más bien parece realizarse —por lo menos en muchas ocasiones— en escalas, por etapas o por impulsos, considerado desde otro punto de vista, se podría decir que es un movimiento ondulante o en espiral, en el que a períodos de máximo avance se siguen períodos de calma y hasta de aparente retroceso. Esta podría ser la explicación de la muerte de todo aquello que vive. Considerada por el individuo desde dentro de la etapa vital que esté viviendo, la muerte le parece algo malo; pero considerada desde fuera, la muerte no es más que el fin de una etapa en la existencia de ese individuo, y el paso a una etapa superior (en caso de que ese individuo haya cumplido con la ley enunciada anteriormente de ascensión o evolución). Considerada en el conjunto de todo el Cosmos, la muerte es sólo un síntoma del constante latir de la vida en todo el Universo.

  Digamos por fin, que entre las diversas escalas y entre las diversas etapas de una misma escala, hay unas fronteras bien definidas. Por lo general parece que existe una prohibición de transgredir esas fronteras, sobre todo entre criaturas pertenecientes a escalas diferentes. Entre las criaturas pertenecientes a niveles o peldaños diferentes (pero dentro de una misma escala), parece que esa prohibición se limita sólo a ciertos actos de destrucción abuso irracional.

 Esta prohibición de transgredir fronteras, podría ser la causa de lo mal visto que es en casi todas las religiones y en escuelas de pensamiento que no se consideran religiones (como son el espiritismo y la teosofía), el suicidio, ya que éste es una salida violenta y antinatural de la etapa que en ese momento de la existencia le ha sido asignada a uno por la inteligencia que rige el orden del Universo.

* * *

Para que el lector vea que estas ideas no son tan extrañas ni del todo ajenas a otros investigadores del «más allá», le aportaré el testimonio de un autor —John Saines— al que más tarde volveré a citar, ya que, después de escrito mi libro, me he encontrado con que el suyo, titulado Los brujos hablan —segunda parte— (Colección Horus, Editorial Kier), tiene unas ideas completamente paralelas a las mías, aunque él haya llegado a las mismas conclusiones partiendo de puntos completamente diferentes:

«…ciertos seres que se encuentran en una escala evolutiva mucho más alta que el ser humano, verdaderos dioses del espacio, que se aprovechan del esfuerzo humano, pero que a la vez, cumplen ciertas funciones cósmicas, es decir, ocupan un importante puesto en la economía universal. Ya los hemos mencionado anteriormente llamándolos los Arcontes del destino. También podríamos referirnos a ellos como los Dioses del Zodíaco ya que son los que dirigen y regulan la existencia humana en este planeta»…

«Los Arcontes del destino son seres temibles, no porque sean malos, sino por su severidad fría e inexorable en la manipulación del sapiens (hombre)…».

«Estos jueces ocultos provocan, por ejemplo, sin piedad alguna en sus corazones, una guerra mundial en la cual mueren millones de personas. Para ellos estos difuntos no tienen más valor que el asignado por el sapiens a los miles de animales que sacrifica diariamente para alimentarse».

Más tarde volveremos a encontrarnos con estos inquietantes Arcontes, señores del misterioso mundo que nos describe John Baines, y veremos que no discrepan casi nada de nuestros dioses.

 


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